miércoles, 12 de julio de 2017

La vaga ambición, de Antonio Ortuño

Antonio Ortuño
LA VAGA AMBICIÓN
Páginas de Espuma, 2017 - 120 páginas - inicio
-Ortuño y sus frases verdaderas, Enrique Vila-Matas
-Sobre la sustitución del autor por la audiencia, N.Suau
-Perseverar y sobrevivir, Francisco Solano
[exitazo]
«El correo de mi madre llegó de madrugada y no lo vi sino al volver al cuarto del hotel Paso del Norte, luego de un desayuno frío y desabrido. Me decía que Aura le había llevado su computadora a la cama del hospital, que mi esposa era una joya. Me decía que no dudara en sacar el dinero de su pequeña cuenta de banco para pagar sus facturas médicas antes que usar un centavo del mío. Me decía que se sabía condenada, que el cáncer podía resistirse por años o siglos si tus hijos te necesitan pero cuando crecen, cuando se valen por sí mismos, bajas la guardia y te devora en cosa de días. Me decía que había adelantado tres meses de renta para que tuviéramos tiempo de sacar sus cosas. Me decía que esas cosas, luego de tantas mudanzas y limpias, eran tesoros y debían ser entregados a Aura y nuestras hijas: las joyas que no le robó aquella sirvienta, sus abanicos, sus cuadros, las mascadas de seda que ella creía finas por venir de Taiwán. Sus libros podía quedármelos yo, si las niñas los tenían repetidos. Me decía que hubiera querido cuidarme, más o mejor, pero no se arrepentía de descubrir que me había vuelto hábil para sobrellevarlo. Me decía que escribió siempre y que entendía que yo lo hiciera. Que escribió siempre pero su madre, mi abuela, no quiso que estudiara, sino que se buscara un marido. Que escribió siempre pero a mi padre le parecía tan vanidoso escribir, un modo de destacar sin motivo. Motivos los tenía él, que era físico y estudiaba yoga, no mi madre y sus escritos. Me decía que los novios que tuvo luego del divorcio le festejaban la escritura, al principio, pero luego les fastidiaba, cuando se daban cuenta de que no escribía sobre ellos ni para ellos. Me decía que sus amigas le festejaban los textos como quien festeja el guiso, el bordado, la limpieza admirable de un baño. Me decía que el único editor que leyó sus cosas lo que quería era cogérsela pero fue tan listo que la hizo reescribir, releer, esperanzarse, antes que se le cayera la careta. Me decía que mi padre confesó, un día, lo que me pasó en Chapala. Me decía que le escupió. Me decía que al escribir era una reina, una reina brillante, una diosa, y que el cofre de sus textos (escritos todos a mano: la computadora era para leer el periódico, jugar solitario y escribirles a sus nietas) lo guardaría Aura para las niñas. Me decía príncipe. Me decía que leyó mi destino en los naipes una noche. Me decía que escribir era la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo. Que me leyó y supo que no debió permitir que la sacaran del combate. Que escribiera contra todos, me decía, y a pesar de todos. Que no les llevara paz sino la espada. Me decía que el enemigo estaba en todas partes y aunque yo estuviera cansado, solo, rodeado, había que marchar, marchar y pelear. Que pensara en ella en la batalla. Que sabía que iba a poner los ojos en blanco al leer esa línea. Que dejara de hacerles caso a todos y de una puta vez. » (págs. 101-102)

1 comentario:

Elena dijo...

Dice BLUMM en Cómo descubrí a Antonio Ortuño; y me lo leí:

«De repente, lo que primero me llama la atención de los relatos de Ortuño fue la estructura. La composición de cada uno de los relatos era como un ciclo y un círculo perfecto. Los temas, dentro de él, se elevaban como a una especie de potencia. Si en ‘Un trago de aceite’ el padre del protagonista, y del propio autor, quiso premiarle porque había ganado con doce años el concurso de escritura del distrito, el relato acaba elevando aquel primer motivo a una potencia, como elevándolo al cubo: "Escribe esto un día. Un libro", dice Guadalupe. Me sedujo mucho, por qué no lo voy a decir aquí, la estructura de los relatos de La vaga ambición. Y siempre que hay brillo en la estructura, la disposición de los temas y de los protagonistas a lo largo de las historias hacen que el relato culmine y se encumbre entre el montoncito de lascas que se han desprendido mientras se escribía. Incluso en el último, en el de ‘la Batalla de Hastings’, donde además de construir con precisión hay creatividad sin límites y una entrega palpable de su autor, de no dejarse nada, de un vaciamiento real del artista sobre su obra, sobre estos magníficos trozos de texto.»

Y yo coincido con todos los admiradores de este extraordinario librito.